Cada noche igual.
Gordos, blancos, purulentos,
removiéndose sobre sus vientres
un millar de gusanos avanza.
Comen entrañas, podredumbre,
negra materia, sucia, informe.
Arrasan decididos en cada pesadilla,
en cada giro al norte inventado,
en cada mentira.
De dentro a fuera consumen,
ahondan en el dolor ya antes causado.
Sólo el grito repentino los detiene,
el que parte cada madrugada que,
con complicidad de grillos y disparos,
escucha a susurros, incesante, la letanía:
"No dejes que me devoren."
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